Llueve. El silencio está debajo de la lluvia. Busco cada gota, la escucho atentamente. Y solo es eso la mañana. Una lluvia de patio.
Llueve. El silencio está debajo de la lluvia. Busco cada gota, la escucho atentamente. Y solo es eso la mañana. Una lluvia de patio.
Ricardo Piglia, El último lector.
Fotos: Anabela Abram.
Detenerse a mirar la vida pasar como una película filmada por alguien más. Detenerse entre las ruinas y elegir al azar un objeto. Uno que te traiga de pronto ese pasado que perdiste. Y ponés una sordina entre tu cabeza y todo, el mundo, el pasado, lo que no está.
Está mirando la calle, aburrida. La ciudad cómo pasa, los cuerpos en movimiento, el gesto repetido frente a la pantalla, el perro que cruza la calle, la mujer que levanta la voz, el vendedor de medias. Y algo que está más allá de todo eso, algo que parece que se va a romper en cualquier momento, como un tajo en el aire.
El calor del verano aturde. La ropa pegada sobre su cuerpo es como una humedad asquerosa y caliente y el pelo un rodete gomoso e ingobernable, que se arma y de desarma a cada rato.
En el mismísimo instante en que el chino le vende una cerveza, una parva de mosquitos la rodea hasta el punto de escuchar los zumbidos retumbándole en la cabeza.
Dejar los libros blancos abiertos como alas
al lado de las rosas.
Olvidar las palabras.
Tocar la extraña música que diga
el terror y la angustia y la pasmosa
simplicidad de ser
y lo profundo
del temblor de una lágrima.
Caer en la penumbra con la frente hasta el suelo
y pensarse las manos.
Agonía.
Ir de rodillas hasta los jazmines
y llorar de tristeza
Idea Vilariño
Foto: Anabela Abram
El silencio del agua también me refresca. Busco allá un movimiento en el aire, quizá una abeja. El reflejo del sol en la piel. Las horas de calor interminable. Un pino, otro pino. El aire perfumado, respiro, respiro. La sonrisa se repite. El cielo es el espejo de la tarde.
texto: Caro Di Nardo
video: Anabela Abram. Agustina Biscayart Abram en el agua.
Estábamos en el cumpleaños y trataba de ser trivial y alegre. Nos sentamos una al lado de la otra. Había unas masas finas riquísimas y otras tortas, y el comedor sucumbía al estruendo de carcajadas y palabrerías cruzadas entre todas nosotras, entre una y otra punta de la mesa.
Se detiene frente a la ventana, recarga el agua de la lavanda que puso en un frasco para que dé raíces. En el estante también está la latita de aceite para la máquina de coser. Debajo dejó una aureola ovalada, la forma de la base, color marrón oscuro. La levanta, la observa, la limpia. Limpia el aceite.